La fiebre del oro (Venezuela)


No es infrecuente que la historia se repita pero, en nuestras tierras americanas, no se repite, sino que se vomita, como las de un borracho que pasa bebidas y termina haciendo su gracia o desgracia, el recuerdo de la fiesta de fin de año o fin del año

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Lo mismo pasa ¡Ay! con las masacres, masacres o exterminios sistemáticos de las ciudades que adquieren la desgracia geográfica de ocupar desde tiempos inmemoriales tierras pródigas en oro, diamantes o cualquier otro espejismo de riqueza que causó, y provoca, en los recién llegados una mezcla inexplicable de codicia y crueldad.

La fiebre del oro, por nombrar la más común, ha sido víctima y temblor de la literatura, el cine y, por supuesto, la televisión y sus muchos derivados sorprendentes, ¿debemos decirlo? - Infinito para predecir. Pero estas ficciones, cada vez más refinadas y claras cuando representan la realidad, terminaron uniéndose y luchando entre sí para llevarse el trofeo de lo que es realmente la realidad.

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Tomemos como ejemplo lo que sucedió en la comunidad indígena pemón de Ikabaru (indios venezolanos), donde se informó de un ataque de un grupo armado que, según comunicados de prensa, hizo presencia en esa comunidad pacífica con la intención de establecer cuentas con una banda rival y, por supuesto, apoderarse de la zona y desplazar a los rivales.

Para afirmar y reafirmar sus intenciones, sintieron la necesidad de ir más allá de hacer presencia, acobardar a la comunidad y someterla a una inevitable sensación de miedo que reinaría sobre la población incluso cuando ellos, los malhechores, habían abandonado los alrededores. Era suficiente que el campo de batalla pudiera mostrar (o mejor, representar el pasado y el futuro) para que se supiera quién estaba a cargo allí.

Mejor imposible, o más bien peor imposible. Tantos sinvergüenzas, malhechores, bandidos de todos los colores y caña invaden las tierras de la fiebre del oro. Y la peor parte es que este paraíso del mal está entre "protegido y desprotegido", igualmente por el poder militar hegemónico y, la mayoría de las veces, más desprotegido que cuidado y protegido por las armas que la república les da.

Si alguien pidiera ese grito hipócrita de resistencia indígena proclamado por Hugo Chávez, la respuesta no sería precisamente entusiasta. La resistencia indígena debe buscarse hoy en estas pequeñas aldeas privadas de cualquier esperanza de paz y justicia, así como en estos conglomerados donde no solo coexisten los pueblos originales, sino también aquellos que vinieron a buscar la paz y la patria, sin ánimo de enriquecerse.

Nada de eso es posible hoy en esas tierras antiguas y bellamente solitarias inmersas en sus sueños y costumbres. Nada pueden los pueblos originales contra los poderes armados y crueles tanto del gobierno actual como de sus aliados y socios. Están siendo arrasados ​​por la presencia ya no del hombre blanco, sino de sus socios que levantan banderas socialistas, de empresarios de lejanos imperios rusos o chinos, de guerrillas abandonadas por la historia y convertidas en bandas que someten y exterminan a las pemones y a sus hermanos.

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Y todo bajo la vigilancia cómplice del aparato estatal de un socialismo oscurantista, mafioso y policial. Para estas personas que tienen poder (los sustantivos son demasiado grandes), la necesidad de enriquecer a los ciegos de tal manera que destruir uno de los territorios más bellos no en Venezuela sino en todo el mundo, como Canaima, parezca tan normal como montar a caballo. una discoteca en el Panteón Nacional y baila en los huesos de Bolívar. Y pasando sobre ocho muertos más, como los de Ikabarú.


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