La crisis en Venezuela: de maestros y marionetas. l OPINIÓN


De ocurrir un cambio de gobierno en Venezuela, hoy mismo o mañana, no sorprendería a muchos. Tampoco por esa causa se conmovería demasiado la telaraña geopolítica.


Pero esto no sucede y cada intento de la oposición y el pueblo por retornar a la democracia parece consolidar más a la oficialidad en el poder. ¿Por qué?

La respuesta es más sencilla de lo que parece y a la vez un tanto compleja.

No hay que acudir a las encuestas para saber que Nicolás Maduro no es nada popular entre su gente. Aun así, la alta jerarquía militar parece mantenerse cohesionada bajo su mando y esto le ha permitido sostener el poder a lo largo de la crisis.

Después de los atropellos a la población que hemos presenciado ¿cómo es posible que no haya ocurrido una rebelión importante que mueva los cimientos del ejército y fuerce a un cambio de gobierno?

La cuestión es que se trata de un pueblo y su ejército, ambos, secuestrados.

¿Por quién? ¿Por Maduro? ¿Por un grupo de militares? Hay que acercar la lupa y apartar el velo que distorsiona la realidad, algo que solo favorece al verdadero secuestrador y sus cómplices.

Donald Trump y sus voceros han venido reiterando que el régimen de Maduro se sostiene por la actuación directa de la inteligencia cubana y la intervención de más de 20 000 asesores militares, también cubanos, que al detalle son quienes toman las decisiones importantes en el ejército y los puestos claves de gobernación.


Esto lo saben los europeos, los ingleses y hasta los rusos; estos últimos aprovechan a su favor los conflictos en una zona en la que Estados Unidos debería tener una mayor influencia.

Si los secuestradores del pueblo de Venezuela y de su gobierno son los militares cubanos, es decir, el Estado cubano −tal y como quedó claro en el último intento del pasado 30 de abril por restaurar la democracia en ese país−, ¿por qué el mundo libre se empeña en “presionar” a quienes solo son instrumentos del secuestro, es decir, el gobierno y el ejército venezolano?

Casi todos los días se escuchan noticias sobre sanciones al Estado venezolano, sus instituciones y funcionarios. La Unión Europea, Canadá, Estados Unidos, el Reino Unido, todos toman medidas severas y luego vuelven a anunciar otras.

Da la impresión de que el régimen no resistirá, por un lado, a la avalancha de sanciones contra el gobierno bolivariano, y por otro, al apoyo internacional a Juan Guaidó y a la Asamblea Nacional de Venezuela.

Sin embargo, las presiones contra el gobierno cubano, quien de verdad está al control de la situación, son muy pocas, débiles. Y como nota irónica, se le pide a la Habana que dedique sus mejores esfuerzos para poner fin a la grave situación en Venezuela.

A fin de cuentas, la Habana obtiene de Venezuela el petróleo y otras muchas riquezas que le ayudan a sostener su maltrecha economía. ¿Para qué querría cambiar el status quo si no siente presión ni amenaza creíble?

Y lo que es más importante, la Habana sabe perfectamente que el vecino del norte no moverá su ejército hacia una guerra en el hemisferio, a menos que perciba un peligro real para su seguridad.

Mientras tanto, la crisis humanitaria en Venezuela se extiende a la región. El Ejército de Liberación Nacional (ELN) mejora las condiciones de sus campamentos dentro de Venezuela; los grupos disidentes de las FARC –de quienes nadie sabe si realmente adoptaron tal disidencia– operan libremente en zonas del territorio venezolano. Y lo que es cada vez más evidente, células del Hezbolá , ahora durmientes, se organizan en el área y esperan su momento.

Detrás del escenario, no podría ser otro, está el gobierno cubano, como “maestro de marionetas”, sacando provecho de la desestabilización y el caos bien lejos de sus fronteras.

Estados Unidos, hasta ahora, observa con una mirada bien distante. El elefante no reacciona ante el viento del sur.

Esperemos que no llegue el día en que sea demasiado tarde para seguir acudiendo a la diplomacia.

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