La masa | Relato corto: 3/3


La masa

(parte 3)
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Desde que me conozco he sido, el analítico, atento al más minucioso detalle que pueda desprender de la realidad. Ahí estaba yo, viendo todo a mi manera, viendo a la masa atrapar la ambrosía del mundo y su candidez. Pero, ahora no encontraba tal efecto, a decir verdad, no encontraba nada que pudiera llenar mi vaciedad, entonces decidí por un momento, adentrarme en los pensamientos de la gente que me rodeaba y conocer su ínfula.

No con el fin de escabullirme en su ornato de ambigüedades y su forma común de ver las cosas; no para tratar de descifrar su intimidad o de adivinar sus deseos más corruptos... ¡No!, no fue ese mi propósito. Solo quise tomar muestreo de lo que interiorizaban y poder así, por lo menos, saber, o tan siquiera aproximarme, a lo que en sus corazones sentían...

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"Recuerdo que hace algún tiempo luego de leer un famoso decálogo del escritor, descubrí entre sus recomendaciones, la de promover la síntesis y el resumen como atributo del argumento. Algo que dicho en otras palabras, dejaba la libertad de interpretar, que los textos más sencillos y fácilmente asimilables por la mente del lector tenían más proximidad a alcanzar el éxito literario, por tanto, eran recomendables."

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No estando convencido del todo, con aquella aseveración, de momento, habiendo desempolvado el conocimiento adquirido en tiempo pasado, aun con ciertas dudas, decidí, por primera vez, ponerle en práctica.


"Fue así, que acostumbrado yo a crear textos como una hemorragia y no dejar a mi mano contener, por ningún motivo, la verborrea mental angustiada que me caracteriza, angustiada por el hecho de escribir, angustiada por el hecho de no dejar espacios vacíos, ni líneas huérfanas, ni versos fatuos donde cupiera un solo sonido producto del desdén o el facilismo, esos versos que pueden conducir al fracaso de un escritor por ser considerados de bajo esfuerzo. Nunca emprendería yo una aventura tal, nunca navegaría yo en el poema superfluo..."

Mi angustia era por saber que la escritura para un humano es finita y mi desahogo un inconsistente y desparramado trivial de conocimiento...


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Ahora, me avoqué a escribir una prosa sencilla y vacía, como nunca antes lo hubiera intentado, capaz de impactar sobre la masa y que en su memoria colectiva pudieran entender cuál era mi pensar desconsuelo. De esa forma, sentiría devolverles un poco de lo que me ofrecían, Simpleza, de esa forma, al recibir yo un feedback desprendido del grupo, quedaría satisfecha mi inquietud de saber, si era yo, el único ser sobre la faz de la tierra víctima de la aflicción social.

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Fueron los primeros minutos emblemáticos, pasé a tomar asiento en el piso, empuñando mi bolígrafo con la arqueadura de la muñeca un tanto incómoda, pues, servía de apoyo mi pierna y a pesar de haber apoyado la espalda en la cerámica de la pared, aun así, no tenía consistencia mi esqueleto.

Los perros, inmediatamente me rodearon, luego se acercaron, tal vez suponiendo que iba a ofrecerles comida. Con mi mirada al ras de las suyas, esbozando la forzada sonrisa de un hombre que nunca sonríe, les di a entender que yo no tenía nada, más que mi pluma y mi cuaderno. Aun así, uno de ellos se acercó, y tomándome por descuido, me lamió.

Aquel hocico cerca de mi cara, fue para mi un gesto de consuelo insuperable, pues, su intención fue piadosa y desinteresada.

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“Si los perros corren libres, porque yo no...”, me acordé de aquella célebre frase del maestro Zimmerman, me pregunté, si algún día con su harmónica y su banjo, habría llegado bob dylan, a los estratos más bajos de la sociedad, como aquel, en el cual ahora yo me encontraba... ¡Estoy seguro, que si lo hizo!


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Luego de una hora, los vagones del metro harían su último recorrido de la tarde, pues el servicio nocturno estaba suspendido. Ahora, la masa corría desesperada dispuesta a arrasar todo a su paso. Parecían presos puestos en libertad saltando de una prisión a otra, hablaban con gritos, trataban de acordar su posición en la fila, por no estar dispuestos, bajo ningún motivo a quedarse sin asiento o con algún otro puesto decente en la cabina del vagón.

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Y los vi pisar sus propias cabezas, acabar con la poca cordialidad que les quedaba e impacientes entrar en el metro, desapareciendo, como aceite en un embudo, como tragados por el ojo de un huracán, precipitados en el sinfín de un agujero negro, como si jalaran la cadena de una letrina...


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Estuve meditando sobre aquello, por largo rato, y por un momento sentí paz en mi alma. Ahora me encontraba en la jungla, pero sin animales, hasta los perros se habían esfumado como quién sabe que junto con la masa se fue también su posibilidad de alimento, dejando el pasillo desértico inmerso en el más sórdido silencio... El tiempo se escabulló de repente, cuatro horas estuve en aquella posición, sin hacer nada, solo mirando el latir de la abominable masa.

Tan solo me quedó, apoyarme en el tambor de la basura, para finalmente, ponerme de pie y estirar mi cuerpo para salir de ese estado, que durante horas, fue perplejo y vegetativo.

Me di cuenta de que no había escrito absolutamente nada del corto discurso que en principio me había propuesto.

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Finalmente, bajo la intermitencia de las farolas del metro y el halo de soledad, del cual era yo, el único testigo. Opté por escribir una breve nota (*), dejar mi pluma y mi libreta sobre la tapa del basurero y abandonar luego el lugar.

Entendí, que no tenía caso mi intento por escribir algo razonable, contra la masa no se puede luchar. Fue más bien, aquello, un aniquilamiento moral, un tiempo perdido dejado en aras de una cruenta sociedad.

Concluí, que por el contrario de lo que en un principio había pensado, la sociedad no es poetisa dadora del amplio sentido inspiracional, es más de lo mismo, el autómata sin identidad.


(*) Nota:

“No puedes escribir a la masa, porque la masa no escucha, nunca te harás notar ante ella, porque siendo ciega, no te verá… No te regocijes ni corras detrás, ellos van donde va el rebaño y su destino es, por demás, incierto…”


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Seguí mi camino, melancólico, con hambre, bajo la intermitencia de las farolas, ansioso, por sentarme en mi sillón y mi mesa de roble, el único lugar donde encuentro cobijo.


_FIN_


**Contenido Original
@nachomolina**



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