La masa | Relato corto: 1/3


La masa

(parte 1)
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La sensación producida al esconderme detrás de un argumento, nuevo, creado a partir de mis propios miedos, es sinigual. Convierte la franca melancolía en un material homogéneo reciclado capaz de nutrir el ego y alejarme por un momento del sufrir.

Garantizando un respiro de tranquilidad al pensador que llevo, quién sacrifica el sueño y a veces, bulímico, sin tan siquiera probar bocado, es la palabra escrita, su único alimento. Tal es, mi excesivo tormento, que de seguro, para la gente común sería imposible entender la emanación de mi entraña, pudiéndolo calificar como el complicado producto de una mente diáfana, acostumbrada a la auto mutilación.

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¡Pero ése!, no es de un todo cierto. Mi espíritu nunca ha llegado a un grado tal de pobreza y caos, por el contrario, es enorme, un componente que se encarga de tratar con tal sutileza mi pensamiento en un intento falaz por rescatarme. Podría llegar a decir, que es solo la forma de proyectar y lograr enderezar mi rumbo. Renuevo constantemente la neurona sublime del imaginario, obligándole a despertar. Y así, sacar afuera lo que escribo, que no es, si no más, lo que llevo dentro...


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La necesidad de llenar los espacios de la mente con información nueva, es lo que me hace ser un escritor continuo, de cara a la retórica, aceptándola como una oportunidad invaluable de crecer. Es dar respuesta al abstracto de un mundo que pocas veces me complace, siendo más, sus adjudicados intentos por hacerme sentir ahogado y sin salida.

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Estuve observando con escrúpulo, la vida, la vestimenta de lis, que en otrora cubriera el camino donde diera yo mis pasos, había desaparecido. Por un interminable momento, tuve la impresión de que todo lo marchito que me rodea, fue recolectado y servido, puesto para mí, en un plato sobre la mesa, con absoluta villanía. Hice a un lado el prejuicio y tomé la hostil decisión de cambiar de escenario, dejar, a poco, la humildad del sillón y la mesa de roble.

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Fui en busca del ardid pecado, en una nueva entrega, donde fuera la jungla, quien me diera la bienvenida y confiándome, yo a su secreto, ésta me dejara recorrer sus laberintos y así volver con los elementos necesarios para mi reseña.

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La gente parecía estar conforme con la sociedad, eran charlatanes, sobrados en alevosía, guardando para sí el gesto cortés y haciendo notar una irrazonable euforia. Aunque tal vez, muy en el fondo ocultaran su realidad, aun así, desmedidos, burdos, eran un festín de carne, consumiéndose unos a otros, en el incesante intercambio de microbios.


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Lucían abundantes en jactancia, dueños de toda razón, como si nada les afectara ni siquiera la peor de las crisis. Ciegos como la efigie ciega de la justicia, con la “S” que domina al mundo ($), inclinando la bacinilla de la lira hacia los caprichos y el cruel antojo.

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¡Pero la mía!, era vidorra, un escritor melancólico postrado en el pasamano del metro, horrorizado, con pánico, ubicado justo al lado de un pedidor de limosnas. Apoyando mi libreta en el bote plexiglás usado como basurero. Miraba la asimetría del género social haciendo estragos en aquella gente, todos iban a ningún lado, con esa prisa común, esa prisa de desasosiego la cual conozco.

Semblante de quiénes son dueños de las apariencias y en su andar fugaz, en realidad no caminaban... estaban, huyendo... huyendo de sí mismos, huyendo de la masa.

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Continuará


**Contenido Original
@nachomolina**



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