El acto magistral de Rita


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Rita cantaba, por sus mejillas rodaban lágrimas gruesas, brillantes, destellantes, llenos de dolor y tormento. En el público exclusivo las personas se deleitaban, lloraban con ella, reían con ella.

Una cantante extranjera que había llegado a la ciudad a causar sensación. Todos vibraban con sus tonos, altos y bajos. Muchos filmaban, no estaba prohibido, cada atisbo de atención era bien recibido por la joven cantante.

Sus mejillas se inflaban y desinflaban con cada tonada. Rita sentía en su piel el calor de las lunes, el calor humano delante de ella, sin embargo no abría sus ojos, disfrutaba el momento, hacía su canto con el corazón. Y era lo que encantaba a los oyentes, muchos habían ido hasta allá solo para deleitarse, otros habían quedado atrapados por lo armoniosa de su dulce voz y escuchaban sus canciones cada que podían.

Era una estrella, y así se sentía ella. Se sentía viva, cuando cantaba no importaba nada más, solo era ella y su público.

Muchas veces dicen que el mayor miedo de las personas al presentarse delante de espectadores es ser tomado de burlas, muchos se imaginan así mismos desnudos y se deben retirar del escenario. Pero Rita no tenía ese problema. A ella no le importaba su vestimenta, sabía que si cantaba desnuda, no lo notarían, sabía que solo importaba su voz y el mensaje que quería transmitir.

Un mensaje que no necesitaba idioma, porque realmente pocos entendían su lengua en aquella ciudad, pero todos sentían en su pecho el valor de sus palabras, incluso lloraban con ella sintiendo su dolor.

Luego de quince minutos de canto ininterrumpidos en la ciudad de las luces, todos aplaudieron, las señoras derramaban lágrimas y los niños estaban embelesados, los hombres sentían en su pecho un sentimiento, bonito, que les hacía recordar a familiares amados.

Y ahí delante de todo el público que apreciaba su talento, Rita, abrió sus ojos derramando sus últimas lágrimas. Vio las luces, vio a la gente, volvió a la realidad, en la estación del metro, vestida con sus vaqueros pero rodeada y alabada por quienes la oían.

Recibió cada aplauso gustosa, porque amaba cada paso que daba. Muchos le gritaban pero ella no lo entendía, era una extranjera pero sentía que cada comentario y palabra, era algo positivo para ella. Ahí con sus viejos vaqueros gastados tocó las manos de quienes se la ofrecían en apoyo y tomó las propinas de todos, porque todos querían colaborar.

Ella sabía volverían, porque así había sido desde que se había presentado desde tres semanas atrás... así había sido desde que escucharon su voz. Entendía que la música no tenía lenguaje, ni idioma, ni límite.

La música para ella era vida, amor, sentimiento. Donde fuese, en un parque o en el más grande de los teatros, la música era eso, música y podía llenar cada corazón.

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16.01.2020 06:40
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