Cuadernos de Arte y Viaje: Getxo, Vizcaya


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Es indudable que la Providencia, en ocasiones, se apropia del papel que simbólicamente se ha otorgado siempre a la Rueda de la Fortuna, consiguiendo que en una aventura se den cita dos factores bien ambivalentes, pero que a la postre, y si los miramos con objetividad, son hermanos gemelos: el éxito y el fracaso.
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Cuando salimos del Metro de Portugalete, dejando a un lado el casco antiguo y dirigiéndonos directamente hacia la Ría, la lluvia apenas era poco más que eso que tradicionalmente se ha llamado siempre meada de angelitos; o como dicen, por aquí, en el País Vasco: ‘txirimiri’.
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Ahora bien, fue embarcar en ‘el gasolino’ –una pequeña barcaza, que posiblemente eche de menos aventuras de auténtica marinería y que por el módico precio de veinte céntimos de euro, te cruza a la otra orilla, donde dices adiós a Portugalete y saludas cordialmente a Getxo- y los cielos, sin duda acudiendo en auxilio de aquél broncíneo y derrotado Neptuno que cualquiera puede visitar en un pequeño parque situado algunos metros más allá del tranvía cremallera que hace la misma función que ‘el gasolino’ pero a precios estatales, comenzó a caer con una intensidad, digna de la épica Odisea de Homero.
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Bien es cierto, por otra parte, que subir al Norte y no vivir con intensidad la experiencia de la lluvia, podría decirse que es una aventura incompleta, retornando con una falsa impresión al lugar de origen.
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De hecho, tampoco el Norte sería el Norte, ni tendría esa generosa y vital riqueza natural, sin esas providenciales lluvias, que si hemos de hacer caso a las aseveraciones de aquél grande de la semántica literaria, Jorge Luis Borges, siempre ocurren en el pasado: esa metafórica ilusión, donde el ayer es el aún y también el todavía.
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Todavía mi memoria conserva una extensa playa, en cuya parte derecha, antiguos palacetes miran orgullosamente hacia ese mismo mar, de genio y dulzura a partes iguales, donde en los siglos de la revolución industrial, gentes adineradas encontraron su tesoro, amasando grandes fortunas con los soberbios recursos de sus aguas.
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Pero dejando atrás estos restos indolentes de opulencia, lo verdaderamente interesante de Getxo, lo más natural y lo que de verdad deja perplejo y emocionado al viajero curioso, es la maravillosa y a la vez humilde disposición de su hermoso barrio viejo de pescadores.
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Inconmensurable en su belleza, apiñadas sus casas, el puerto viejo de Getxo es un verdadero poema a ese hermoso esplendor que brota de lo sencillo, de igual manera a como brotan las flores de la tierra cuando llega la primavera.
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La lluvia que continúa cayendo sobre Getxo, es una lluvia que lleva consigo un metáforico resplandor, que imprime a sus blancas fachadas, la luminosidad propia de un espejo, acentuando aún más, si cabe, el brillo de los colores de sus tejados o dotando de brillantina a la pintura de las maderas de las balaustradas.
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El barrio, recogido sobre sí mismo, es un volcán de amores y tragedias, cuya ardiente lava son las historias de grandeza y miseria de unas gentes luchadoras, cuyas almas, arrastradas por las corrientes del Golfo de Vizcaya, rememoran siglos de dura lucha con un mar, que lleva sobre la espuma de sus olas el genio de un carácter indomable.
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Tal vez para aplacar esa iracunda ira, no sea una sorpresa pero sí un reclamo a la atención, ver sobre los dinteles de los hogares marineros, la fértil presencia de una planta sagrada, a la que los antiguos vascos, aquéllos mismos que hicieron leyenda en Roncesvalles y Valcarlos cuando desbarataron la retaguardia del poderoso ejército de Carlomagno, consagraban su protección, de igual manera que los cristianos viejos de Castilla lo hacían con la cruz: el Eguzkilore.
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Símbolo solar, el Eguzkilore, metafóricamente hablando, era el espanta males o el espantabrujas del pueblo vasco.
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Y en lo que a la marinería propiamente hablando se refiere, era el talismán que, para protección del marinero, mantenía alejadas las marejadas y las tormentas provocadas por los espantos marinos que forman parte, también, de su rica y variada mitología.
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Los escalones que conducen a lo alto del barrio y se distribuyen en las cuatro direcciones, son, comparativa y metafóricamente hablando también, como una imaginaria rosa de los vientos que señala al viajero la dirección de su visita, sin perder nunca de vista el centro.
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Este, el centro, podría considerarse, ensoñadoramente, como ese pequeño espacio, que aproximadamente a mitad de barrio, permite que corra ese aire con olor a salitre y el eco lejano de las gaviotas, antes de que la piña formada por sus casas vuelva a cerrarse, como la concha de esa vieira que el peregrino que se dirige hacia Compostela porta orgullosamente sobre su pecho.
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Porque no hemos de olvidar que Getxo, como otros lugares de la costa vasca, forman parte de ese duro pero hermoso y emocionante itinerario jacobeo, conocido como Camino del Norte, que más adelante se adentra en las costas cántabras y asturianas, ramificándose, hacia los Picos de Europa, por el llamado Camino Lebanensis o de la Liébana y continuando por uno de los santuarios más imponentes y reconocidos de Europa: el de Covadonga.
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En la actualidad, cualquier viajero puede desplazarse a Getxo desde el centro de Bilbao, en cuestión de minutos, pues está conectada con el Metro, siendo la estación de destino Algorta, situada apenas a unos cincuenta metros del puerto viejo, y siendo parte de su recorrido, también una auténtica aventura para todo aquél viajero amante de la arqueología industrial, que podrá apreciar en el trayecto, los fantasmas de numerosas fábricas y parte de los antiguos astilleros que dieron fama merecida a
Vizcaya y en su momento, potencia mundial en el tema.
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En definitiva: Getxo, un lugar donde la aventura, mucho más que impresionar, enamora.
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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, como el vídeo que lo ilustra (excepto la música, reproducida bajo licencia de Youtube), son de mi exclusiva propiedad intelectual.
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