El señor de la tierra - Cuento


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El señor de la tierra miraba con beneplácito a sus súbditos.

Sacando su mano del lujoso carruaje, esparcía migajas de pan que eran atrapados por los vasallos.
Parecían una jauría de hienas hambrientas.

Más vasallos aparecían desde los lugares menos pensados. Todos buscando atrapar su miga de pan.

Los reunían, con la esperanza de algún día, tener suficientes migajas que pudieran amasar y transformar en un pedazo de pan horneado, caliente , dorado y tostado por fuera.

El gran señor se divertía viéndolos. Lo hacían sentirse importante. Poderoso. Invencible.

Bajaba del carruaje y todas las personas comenzaban a empujarse, querían ser los primeros en saludar. Quizás asi, su señor podría dignarse a darle algún regalo.

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Estaban los bufones. Los más graciosos. Bueno, eso creían ellos.Buscando hacer reír con sus ocurrencias. Les gustaba intercambiar roles para confundir y llamar la atención.

Eran corazones oscuros. Deseosos de recibir el cariño que la vida les negó.

El dueño de la tierra se paseaba examinando su feudo. Cerciorándose de que todo estuviese funcionando correctamente.

Que el engranaje de producción no se detuviera por nada ni nadie.

Llego haciendo promesas. Pronto traería mejores beneficios para sus leales vasallos. Pero deberían demostrar su valía. Si los encomendaba a saltar, ellos debían saltar. Si les exigía dar la vida defendiéndolo. Tenían que hacerlo.

No había lugar para la disidencia. No los quería debatiendo. Estaba prohibido pensar.

Le dijo que todos tendrían un pedazo de su tierra. Solo debían pagar un pequeño tributo. Con ese pequeño terreno podrían hacer lo que quisieran.

Contratar a un salvaje, para que el trabajara por ellos. Por ejemplo.

De esa manera se aseguraba tener contento a los vasallos. Quienes a su vez. Se creerían señores de la tierra, tal como lo era su noble feudalista.

Alabado sea el señor, se escuchaba entre los murmullos. Era su nuevo Dios. El que todo lo podía y a quien ellos debían defender como leones, ante los ataques de otros feudos.

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En medio del mar de gente. Fue despidiéndose de todos.

El señor debía partir rumbo a la capital. La civilización. Junto a la gente igual que el.

Sin mirar, tiro las últimas migajas de pan.

Ya había cumplido por ese día. Deseaba llegar rápido a su cena con los otros señores. Una jugosa carne de ternera lo estaba esperando.

Los plebeyos regresarían a sus ocupaciones. Contentos por haber saludado a su señor. Revisarían a escondidas la cantidad de migas recibidas.

Algunos no aguantaban el hambre y se lo comían de una vez. Otros, las guardaban celosamente.

Con admiración, sus miserables miradas seguían al carruaje, hasta que se perdía de vista.

Con esperanza, se irían a dormir y soñarían con algún día, poseer un pedazo de pan.


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