Siempre soleado [Cuento]


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Siempre soleado

En un pueblito ferviente detrás de las montañas vecinas de un monte silencioso, nacía el Sol todos los días. Un Sol que valía por mis soles. La tierra la regaban con el sudor y la papa la sacaban caliente. Allí la prosperidad era como el astro: constante. Brillaba él y brillaba la gente. Pero, caramba, un día todo fue diferente.

Amaneció una de esas tantas mañanas y ¡ay! El comisario pegó un brinco asomado en la venta. El cielo estaba gris como su cara. No estaba el azul con la «naranja en el medio», como decían en el pueblo. El comisario corrió la voz y ninguno se quedó sin ver qué pasaba.

Compadre, ¿ y el amarillo?—preguntaba uno.

Le pondrían el deo encima—adivinaba otro.

Mucho comentaban, pero nadie sabía qué sucedía ni sabía qué hacer. Ninguno había ido más allá de las montañas ni visto al Sol desaparecer. Qué lio. Como se mantuvo así el cielo por par de meses, la cosecha se perdió y la gente también.

Entonces toda la culpa se la echaban al sol que no regresaba:

—¡Bendito Sol, secaste mis sembradíos y a mi pueblo!

El pueblito, sin embargo, se compuso después de un tiempo y empezó a borbollar como antes, sin nadie hallarle explicación. El Sol tostaba como de costumbre y ya se podía cosechar papa después de sacudirse el sudor sin descanso.

Todo el mundo reía al Sol y él les guiñaba contento. Fue tanta la dicha que hasta nuevos frutos se vieron tanto fuera, como dentro de las casas. Por eso, los que antes se marcharon apenas eran un recuerdo.

Comadre, ¿qué es de la vida de tu hermana?—curioseaba una doña.

Habrás comio' yuca podría tú pa' inventarme hermana—replicó una laboriosa doña morocha pronto.

Pasaron varias semanas de gozo, hasta que todo cambió otra vez. Los colores del alba brillaban por su ausencia cuando el pueblo tempranero vio su cielo nublarse una mañana. Caían bichos en las caras y las cosechas de la gente. Mayor horror.

Estos bichos se llevaron lo que el Sol trajo. Los que quedaron vivos, vieron y se quejaron al otro día:

—¡Bendito Sol, ¿por qué no los achicharraste en el camino?

El cielo refrescó. Paría la tierra de nuevo y el pueblo acurrucaba sus frutos. Un día tras otro, todo era alegría. Sólo habían unos que de lejos veían. Susurraban en las esquinas que el Sol ya no servía. Mejor era buscar otros soles, porque este había dejado de ser siempre bueno con ellos.

Al rato el pueblito se dividió en dos: los que querían hallar otros soles y los que no. Era difícil porque a cada cosecha le seguía una duda y a cada festejo, una pelea.

EL ambiente se calentó al punto que un mediodía el monte cercano ardió y nadie creía lo que sucedía. El fuego masticaba todo a su paso.

¡Otra desgracia!—lamentaban ellos mientras abandonaban el pueblo sin saber si podrían volver.

El último que esquivó las llamas, llevando docena de frutos en brazos, todavía tuvo fuerza para reclamar:

—¡Bendito Sol, apacigua tu candela que así ni tierra nos queda!

La fuerza del desastre los arrojó a lo desconocido. Más allá de las montañas, andaban en círculos. Entre un paso para adelante y otro para atrás, la comida rescatada duro menos. Su ignorancia creció en miedo y éste maduró en furia.

Al Sol buscaron como bandido muy codiciado, tirándole piedras y palabrotas por igual. Toda la gente, en turba, le peleaba por su maldad que le hubo arrebatado a ellos su tranquilidad.

Pero en un instante todo calmó. Una voz lejana alertó:

—No sean necios. El Sol no tiene la culpa. Vean al suelo y pregúntense si en verdad no hay comida.

La voz dulce pero segura se acercó a la multitud y observaron con sorpresa a una joven del pueblo que hace tiempo huyó entre los incidentes. Ella, tan radiante como la mañana, aclaró:

—Si el Sol fuese tan malo como dicen, no estaríamos aquí todavía.

¡Cháchara! Allá el Sol nos quemó to’—enfureció rápido un señor.

Ella contestó:

—Yo venía a contarles con entusiasmo lo que hay más allá de las montañas, pero reventé en lágrimas al ver que el comisario y otros sujetos prendían nuestro adorado monte.

Más de uno cayó tendido del asombro. Negaban con la cabeza, miraban al comisario, pero todo en un tenso silencio.

Una señora inconforme que cargaba a dos de sus trillizos, preguntó:

—Y los bichos esos que nos dejaron sin cosecha y sin hijos.. ¿por qué el Sol no los quemó?

La joven se acercó donde la señora para mirarla fija a los ojos:

—Si el Sol quemara como usted dice, nunca habrían cosechas ni tampoco hijos. Esos bichos son pasajeros en un lugar y en otro. Por donde vivo ahora, también pasaron. Ya no vuelven.

De esto nació un abrazo sentimental entre ambas mujeres. Pronto ellas voltearon para darse cuenta cómo echaban al comisario y demás fanáticos de varios soles.

Por su sencillez y seguridad al responder, la gente le siguió cuestionando. En una de esas, alguien le inquirió:

—Y esa vez que apagaron al Sol, que to' se puso gris tempranito, ¿qué pasó?

Ella se acomodó el cabello después de que el viento graciosamente lo alborotara para luego decir:

—El Sol nunca deja de brillar. No habíamos ido más allá del monte y por eso no sabíamos de un cielo distinto. En todas partes el clima cambia, pero se mantiene el Sol.

Al saber de otros lugares de la mano de la joven, la gente de aquel pueblito se esparció como semillas y germinó sin fin.

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Hola, queridos amigos de Steemit.

Este cuento surgió hace un tiempo en mi mente y desde ahí sólo me enfoqué en darle forma. Lo planteé a modo de sátira debido a un incidente ocurrido hace un mes, aproximadamente. Creí oportuno hacer ver que, muy a pesar de nuestra condición de especie superior en la Tierra, no estamos ni cerca de comprender todos los porqués que contiene la vida. La humildad en nuestro entendimiento será siempre uno de los más altos valores.

¡Feliz fin de semana a todos!


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