El gran Frederick


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El gran Frederick

El otro día había un alboroto en la Reserva Natural, como era costumbre. Todos los primates allí eran excesivamente ruidosos e inquietos, pero esta vez había algo más. No se trataba de la típica interacción de cada día, sino de la furia del Gran Frederick.

Unos primates salían corriendo y chillando; otros se escondían detrás de alguna roca grande o tronco. Sin embargo, todos los babuinos debían acercársele al Gran Frederick, como súbditos suyos que eran. Unos babuinos temían ser castigados más que otros, pero en realidad eran tres jóvenes babuinos quienes estaban bajo la mirada aniquiladora del Gran Frederick.

Una vez los jóvnes babuinos fueron puestos delante del babuino alfa, él preguntó con voz atronadora:

-¿Quién ha osado robar a los humanos?

Entonces un silencio inquietante sucedió entre la comunidad primate. Se podría decir que el Gran Frederick desmayó a varios de ellos con esta pregunta.

¡Rayos! Volveré a preguntar: ¿quién se atrevió a robarle este shampoo a los humanos?-vociferó el Gran babuino más furioso que antes.

Entonces como no hubo respuesta inmediata, él soltó un rugido ensordecedor que alborotó a toda la comunidad primate. Luego, él mismo demandó calma, silencio absoluto y pidió que se acercara Bruck, uno de los posibles culpables del robo del shampoo.

Bruck, ¿por qué robaste a los humanos?-preguntó el Gran Frederick muy serio.

Temblando, con la cabeza gacha, de brazos cruzados y a punto de llorar, Bruck respondió:

-No, señor, yo no robé nada.

-¡Mientes! Si no robaste, ¿por qué están tan nervioso?

-Siento miedo, señor. No me castigue, por favor. Yo no lo desobedecí a usted. No, no, no.

A pesar de estas súplicas, el Gran Frederick siguió inquiriendo al pobre babuino que se desarmaba con el pasar de los segundos:

Enséñame tus manos, cobarde-ordenó el alfa.

Bruck obedeció y echó los brazos hacia adelante y estiró sus manos, a punto de colapsar por tanto temblar.

Toda la comunidad de babuinos exclamó: «ohhh» al ver que las manos de Bruck estaban bañadas en un líquido amarillo.

El Gran Frederick se irguió enseguida, se echó shampoo en las manos y vio que era amarillo también. Luego, con cara de suprema furia, gritó:

-Di tus últimas palabras.

Bruck dijo:

-Señor, yo no he sido. Tengo shampoo en mis manos sólo porque ayudé a Sancho a esconderlo.

Justo en ese momento, Sancho, otro de los posibles culpables, dijo con baja y fría «idiota», al escuchar cómo Bruck lo había descubierto.

El Gran Frederick tiró el shampoo contra el suelo y con el ceño fruncido, envió una mirada fulminante a Sancho. Se le acercó y preguntó:

-¿A mi también me tomas por idiota, babuino enclenque?

Entre risitas, Sancho contestó:

-De ninguna manera, Gran Frederick. Cálmese, la vida es para disfrutarla.

No hay disfrute después de romper las reglas. Sabes que no se les quita nada a los humanos, ¿por qué trajiste un shampoo aquí?-dijo el alfa antes de tomar una roca filosa del suelo.

-Es que pensé que era un mango.

Hasta el Gran Frederick quedó perplejo con esta respuesta. Pues bien era cierto que todo el frasco era amarillo. El amarillo que enseña un apetitoso mango maduro.

Después del asombro por la respuesta de Sancho, varios babuinos empezaron a reírse y otros a gritar: «miente», «ese payaso miente», «él es el culpable». El Gran Frederick mandó a callar a todos y tomó a Sancho por el cuello en un ataque de ira.

-¿Crees que mi espacio es un circo?

Sancho quería decir algo, pero el mandamás no lo soltaba. Por el contrario, apretaba más su cuello. Sancho empezó a moverse desesperadamente cuando vio que el Gran Frederick iba a clavar la piedra filosa en su cabeza. Entonces todo fue un sabana de angustias y furia entre los babuinos que presenciaban esto.

Pero, contra la mísmisima autoridad del grupo, intervino la madre de Sancho, Olive. Ella detuvo la mano castigadora del macho alfa y todos quedaron asombrados de nuevo.

Mi señor no le haga esto a mi hijo. No, por favor. él es un idiota, no un desobediente-clamó la babuina Olive desesperada.

No tengo por qué creerte-dijo el Gran Frederick, quitándose a Olive de encima.

Pero, señor, yo nunca le he sido desleal. Yo, y hasta mis propios hijos, hemos cuidados de sus hijos y de mantener el orden en su reinado-replicó Olive.

Contéstame: ¿por qué hizo algo que ahora pone en peligro a todo el grupo?-preguntó muy agresivo el Gran Frederick a Olive.

-Él sólo tuvo miedo de su error. Él tuvo miedo de no saber corregirlo. Perdónele, por favor, señor.

En un instante Sancho interrumpió las súplicas de sus madre:

-Yo no fui quien le quitó el shampoo a los humano. Yo lo conseguí más temprano cerca del Espacio Primate. Eso es todo.

Unos segundos después, varios babuinos dijeron haber visto dicha escena. Por la seguridad al hablar de los testigos, el Gran Frederick dijo:

-Seguirán viviendo tú y tu madre, babuino tonto.

Sancho no perdió tiempo y agarrándose los testículos dijo:

-Muy bien, señor. Ahora, si me disculpa, voy a hacer pipí.

Ya libres dos de los tres iniciales sospechosos, todas las miradas de furia se posaron sobre Martín, el más calmo de los tres babuinos.

Mientras caminaba con lentitud alrededor de Martín, el Gran Frederick decía en tono temible:

-No quiero juegos ni excusas. Confiésame de una vez qué fue lo que pasó.

Martín se disponía a hablar, pero una llovizna repentina cayó en toda la Reserva Natural era turbia mañana. Por esto, todos los babuinos quisieron refugiarse entre los árboles de inmediato, pero el Gran Frederick rugió.

-Martín no ha hablado. Nadie se retira.

Esta quietud impuesta por el alfa, se fue tan pronto como llegó porque todo el grupo se alteró al ver que el cuidador más malhumorado de la Reserva venía hacia el Espacio Primate con el electrificador.

Yo no tengo la culpa de esto-gritó con todas sus fuerzas Martín.

-¿Y quién la tiene?

¡TÚ!-gritó de nuevo Martín.

El gran Frederick entró en cólera y le dio un manotazo a Martín. Este manotazo fue más ruidoso de lo normal porque la llovizna había pasado a ser lluvia y el agua del cielo agregó un eco al golpe brutal.

Indudablemente, el coro mixto de la lluvia rebotando en el suelo, la comunidad babuina enardecida y el cuidador que comenzaba a lanzarles insultos a ellos, sonaba a final para Martín, que yacía en el suelo.

El mandamás de los babuinos tomó rápidamente la piedra filosa de antes y corrió para rematar al moribundo Martín con ella.

A punto de hacer le impacto Frederick recibió la descarga que ya procuraba dar el violento cuidador desde el inicio para quietar a las bestias. La explosión eléctrica fue como ninguna otra en el Reserva. Cada hilo de electricidad cubrió a Frederick y apagó la ira que tenía en un instante, dejándolo tumbado en un pequeño pozo de agua.

El cuidador persiguió a los demás babuinos pero éstos rápido maniobraron para treparse a los árboles y demás refugios que encontraron. Incluso Sancho que regresaba de su maratónica orinada, pud alcanzar a esquivar el terrible electrificador.

-al día siguiente-

¿Estás seguro que fue el Gran Frederick?¿Frederick se equivocó?¿Frederick nos traicionó?-preguntaban varios babuinos en una nueva gran reunión.

Martín, quien era ahora el nuevo alfa, contestó muy sereno:

-Primero: anoche escuché a escondidas que el cuidador violento fue preso. También quiero decir que yo sabía que el mismo Frederick era el ladrón porque ayer en el amanecer vi cómo robó el shampoo y hasta se lo echó en el pelo mientras brincaba feliz y vino a dejarlo cerca del Espacio Primate. Y, como lo había visto, Frederick me puso entre los culpables para salvar su pellejo. De cualquier modo, también fue visto por las cámaras y por eso el cuidador lo atacó a él primero.

Todos los babuinos presentes perdieron sus mentes.

Martín decidió retirarse lentamente de la reunión, pero paró un segundo, se volvió hacia los babuinos y dijo:

-A veces, quien más enjuicia a los demás es quien más culpas tiene.


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