POESÍA Y FESTÍN (SOBRE LA OBRA DE ATILIO STOREY RICHARDSON)


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POESÍA Y FESTÍN

“Al poeta no se le puede disculpar nada, ni siquiera su muerte. / Y sin

embargo en su peligrosa existencia / están siempre de más, por decirlo

así, / determinados signos. Y en ellos / no la perfección, de veras que

no, aunque fuera el mismo paraíso, / sino la verdad, aunque tuviera

que serlo el mismo infierno”, expresará en Avanzando el poeta polaco

Vladimir Holan; y cómo tienen significación para nosotros estas

palabras, cuando observamos la vida de Atilio Storey Richardson, quien

fuera un niño prodigio tocando el violín, un inquietante viajero que

recibiría un escupitajo en pleno corazón de Manhattan, por la única

razón de ser negro, y sobre todo el poeta que aceptaría gozoso la muerte

al prenderse fuego como lo hacen a menudo algunos irreverentes monjes

budistas.


Autor de una obra corta, reducida apenas a 23 poemas intensos

y hermosos, recogidos en su libro “Vino para el festín”, y de una obra

crítica dispersa en periódicos y revistas, Atilio Storey se erige en un poeta

silencioso, severo en cada verso que cultiva, donde el arte y la vida

parecen dársenos en plena unidad.


Si alguna afinidad encontramos entre el poeta Aranguibel Egui y Atilio

Storey, es el acercamiento de ambos a lo maravilloso, con el propósito de

presentarnos rasgos de lo mágico que la realidad presenta al ser

observada bajo la mirada de lo poético, como también la misma

disposición ante el asombro, que de lo paradisíaco dicen sus palabras

reveladoras: ¿Y preguntáis ahora por qué la tarde cuelga de sus aleros

/ esa diafanidad de gansos parecidos al resplandor de la neblina?


Si en el primero de los escritores mencionados, se da un gozo por el

lenguaje que construye espacios y silencios, en el otro la musicalidad

es un fluir permanente que nos lleva de la mano a la ternura.

Recordemos que Atilio Storey era un músico que ejecutaba el violín

y estaba impregnado de los preludios de Debussy. Dos poemas expresan

explícitamente este connubio con lo musical. En el poema “El festín de

la hierba”, es el lenguaje del cuerpo, el signo erótico de la mujer, la que

azuza los lebreles ocultos del deseo, el verdadero preludio a la que

aspira el poeta, en medio de la noche cómplice que observa a través

de la luz de las estrellas, esa musicalidad a la que incluso aspiran las

cigarras: “No pienses en Debbusy. / Déjame improvisar otro

preludio / sobre tu cuerpo. / La noche ha desplegado su ternura de

fondo. / Los grillos no esperaban / este hermoso concierto”.

En “Letras para un preludio de Debussy”, es la melancolía la que

impregna al poema; los acordes rotos insinúan el abandono en el

que ha caído el artista, en medio de una ciudad que lo acecha y lo

persigue como a un hijo extranjero: “Una ciudad persigue / desde

entonces mis pasos. / Asedia mi memoria, / fulmina su fulgor/ mis

tristes oquedades”.


“Los sonetos de Chenda”, constituyen el núcleo clásico de una poesía

que, acude a la métrica, para expresar la libertad más melodiosa. Al

igual que en otros poemas que abarcan su obra, Atilio Storey Richardson

evoca las figuras femeninas, tan arraigadas a sus visiones de amante,

con las cuales establece un diálogo ante un ajedrez inconstante, que él

termina por derribar al ser incomprendido: “Visteis tan sólo ayer el

aterido / bosque de heroicidad de un muerto clave / Violín de soledad

donde no cabe / sino del duro fulgor del malherido”.


Chenda es la musa que hace que el artista rompa su vocación de asceta

y se acerque a esos olores, los cuales provienen de la piel de aquella que,

impregna las mañanas que surgen de la fe naciente del poeta: ”Canto del

Buen Amor, si su silueta // Rompiera así el retiro asceta, / Todo tendría el

amor azucarado / De una aurora naciente en el arado / De un falso

girasol. Y en la meseta // donde su frente doble mis campanas”.


Compartimos la idea de Valmore Rodríguez Arteaga, quien señala el

carácter distintivo de este poema, el cual expresa un mundo diferente,

que se va formando en cada verso de sonoridad infinita y de gran

trascendencia lírica, que marcaría un hito dentro de la literatura

regional, plagada de tantos sonetistas “trasnochados y mediocres”,

como lo afirmara en alguna ocasión Alfredo Áñez Medina.


La poesía amorosa constituirá el núcleo de una obra que busca en la

mujer su trascendencia, y nos traerá reminiscencia de ese canto,

medio ardiente, medio espiritual, que representa “El cantar de los

cantares”, cuyo sentido poético expresa la dialéctica de la ausencia

y la presencia de los amantes, quienes a través de un diálogo amoroso,

van tejiendo la guirnalda del canto, los elogios que se prodigan uno

al otro, como en una hermosa contienda, donde ambos, esposo y

esposa, se dan mutuamente alcance en esa búsqueda permanente del

deseo.

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Atilio Storey evoca estas lecturas orientales y matiza sus textos con la

fina y exótica sonoridad que de ellos procede: “Te he amado bajo la

lluvia. / De tu cabello ruedan pájaros dulces, hilillos de sangre más

dulces, / que tu propia ternura. // La lluvia nos moja el rostro / y tu

sonríes / y quisieras correr / como en esas leyendas orientales / que

deposito sobre tu sombra / cundo anochece / y todo el canto del

bosque se oculta / para que salgan las primeras estrellas”.


Al igual que en “El Cantar de los Cantares”, donde el sabio Salomón

presenta momentos de abismos y de transida soledad que alcanza a

los amantes: “Yo abrí a mi amado, y mi amado se había ido y se había

pasado. Mi ánima se me salió al hablar de él; busquéle y no le hallé,

llaméle y no respondió”; Atilio Storey expresa con igual fulgor, ese

desamparo que siente al evocar la amada en la memoria, cuya presencia

es apenas sombra que recorre los muros, alegría inicial de la belleza

que refleja la caída, lo que sucumbe y lo quimérico: “En la tarde

sucumben sin piedad las colinas. / Sólo queda el follaje de frustradas

quimeras. / Sólo queda en la tarde esta lenta madera / que tal vez

pertenece a un antiguo navío”.

Conocí a Atilio Storey Richardson a mediados de los ochenta, quien

tenía una personalidad callada, pero una conversación dulce. De

formación surrealista, de quienes heredó ese gozo por lo maravilloso

y los mundos alucinados y mágicos, al igual que el humor, lo que

denominó Aldo Pellegrini “la manifestación más neta del

disconformismo”, el poeta a través de un lenguaje radical e irónico,

se burla de esos personajes llamados revolucionarios, que se hacen del

poder enarbolando las banderas de la utopía del gobierno social, pero

que en la práctica devienen en burócratas y repartidores de cargos

para privilegiar a unos pocos. A estos los desenmascara el autor a través

de un poema que tiene el germen de la perfecta ironía: “Subieron al

calvario / y miraron a Cristo / y se pusieron en cuclillas / para jugar con

más comodidad / y echaron a los dados / la túnica de Cristo / y se la

repartieron/ y todo lo demás / y cayeron a sacos / sobre las universidades

/ y repartieron todo: / las becas, / los cargos, / los ascensos / y se echaron

incienso / y se miraron de reojo / magníficos / en sus falso espejos”.


No podía faltar la madre como figura primigenia, acuosa y sagrada en la

poesía de Atilio Storey Richardson; aquella que con su voz (o verbo

creador), da inicio a las imágenes que van configurando el libro del poeta.

Por eso es certero decir que “la madre es el inicio de todo, la vida y la

poesía” (Muñoz Arteaga), como también la que percibe la llegada de

la lluvia y “el aleteo de las cigarras / sobre los frutos de la aurora”.

Esta reverencia a lo que la madre dice, Atilio Storey la resume en tres

momentos estelares del poema que da inicio a su obra, los cuales

sucintamente expresan la necesidad de arraigarse a los árboles, el más

bello símbolo de la feminidad: “Sacude los árboles, bésale sus raíces

/ y se generoso como la soledad”; acercarse a la ternura, intentando

comprender el lenguaje de los pájaros y la tristeza de los animales

domésticos: “Ve a medianoche, apacienta a los animales tristes / y

pregunta a los pájaros / por el duende que fabrica flautas en la arena”;

y finalmente calmar la sed que le permita sobrevivir bajo los avatares

del cielo: “Calla hijo, calma tu sed / y usa el vino que derraman los

caracoles en las playas / porque los días son escasos”. Termina el

poema resaltando la profundidad de la mirada de la madre que ama.


Atilio Storey Richardson fue miembro fundador del grupo

Apocalipsis, que se fundó en Maracaibo en el año 1955, de clara

tendencia surrealista y que surge ante el disconformismo de unos

jóvenes intelectuales, por la poesía decadente y expresada en una

métrica de tipo fundamentalmente laudatoria que se cultivaba para

ese momento en la ciudad; y cuyos fundamentos estéticos valoran la

imaginación, la fantasía y los sueños, como mecanismos certeros de

la transformación espiritual del hombre. Personalidades de la talla de

César David Rincón, Hesnor Rivera, Néstor Leal, Ignacio de la Cruz,

Laureano Sánchez, Miyó Vestrini y Régulo Villegas, hicieron posible la

aparición de este movimiento literario de gran repercusión nacional,

que se dio a conocer en la capital, con la aparición de una antología de

sus textos, preparada y prologada por Félix Guzmán en la revista

Cultura Universitario en su número 59; como también a través de una

selección de textos publicados en un ejemplar del diario El Nacional

del año 1957, atribuida al ensayista Mariano Picón Salas, de quien se

conocen elogiosos comentarios sobre la calidad literaria del grupo.

En el año 1924 se fundó el Movimiento Surrealista francés, por

escritores como André Breton, Philippe Soupault, Raymond Queneau,

Paul Eluard, entre otros, quienes a través de una escritura

desconcertante y de inclinaciones a lo maravilloso y al humor que

desacraliza “los ritos de la ciencia y la falsa seguridad del mundo

que nos rodea” (Pellegrini), influyeron en el ideario poético de

Atilio Storey, quien desde una perspectiva propia, a través del amor,

la música y la amistad nos acercó a la esencia de lo imperecedero.


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