Bajo el fulgor de los cactos (Ensayo)


BAJO EL FULGOR DE LOS CACTOS

(SOBRE LA POESÍA DE RAFAEL J0SÉ ALVAREZ)

“El arte, con su pretensión de poder supremo, borra la distinción entre presencia y ausencia de la realidad, e intenta cubrir con imágenes encantadoras la dura pero inspiradora verdad de la distancia entre Dios y los hombres”
Iris Murdoch

 En el centro de la casa, estaba el solar que recogía toda la brisa marina y la figura de Rafael  José Álvarez  (1938-2004), con sesenta años a cuestas, afrontando los achaques del cuerpo, pero con una recia salud espiritual, una lucidez única y una voz hermosa de barítono que siempre lo distinguiría.  Hablábamos de la vigencia de la obra de Elías David Curiel y de su importante legado a la poesía venezolana. Hablábamos de los muertos familiares y de las abuelas preparando sus prendas limpias para recibir el llamado de la muerte.  De manera indirecta,  abordamos su último libro  “Trina y sus memorias “, breviario de una obra lírica, que rescata el lenguaje del viento, el paisaje árido que abre sus cactos a la vida, a la inmortalidad del canto del pájaro y de otros animales que son en sí la tierra. 

 Su obra en verso la constituyen: “El gallo y la nube” (1978), “Sagrarios” (1978), “Oikos” (1986), “Consagraciones”  (1993) y “Trina y sus memorias” (2001) (éste último concebido originalmente como un libro inédito de poesía y posteriormente fragmentado por los editores, con el propósito de hacerlo una muestra representativa de la obra del autor). Cada uno de ellos de una originalidad y belleza distinguida,  han situado prácticamente a Rafael José Álvarez, como uno de los autores más representativos de las letras venezolanas. 

 A través un lenguaje alucinado, atraído por las tierras áridas de Coro, donde el hombre se llena de silencio, del canto que viene  de las eternidades  y donde el agua deja sus huellas en las grietas  por mandato del sol, Rafael José Álvarez va asumiendo un estilo que  penetra la realidad primigenia intuida por su imaginación.  De allí la inocencia que siempre expresan sus versos, como también la irreverencia que cierra el mundo de la belleza, a los que abordan la vida con el pragmatismo de la racionalidad y del interés. Estos libros nos conducen a un inexpresable mutismo, a un concierto  de armonías  que excitan nuestra sensibilidad y nos abren las puertas del éxtasis.

 La crítica ha sido certera al centrar en la nocturnidad, la búsqueda y la trascendencia de los libros del poeta. El mismo Álvarez lo admitiría en una entrevista que se le realizara a mediados de los ochenta. Vicente Gerbasi en el prólogo a la primera edición de  “El gallo y la nube”, hablaría del embrujo  cautivante de unos versos que reconcilian la noche y el día, la luz y la sombra.  Lo oscuro que ilumina sería una constante, no sólo en la poesía de Álvarez, sino prácticamente de la tradición literaria del estado Falcón, en sí mágica por su naturaleza muy particular, cuyos médanos, cactos, cantos venidos del mar, cabras cruzando la eternidad, han dado a cada artista una forma muy particular de asumir lo maravilloso.

 El amor brujo de Falla es un ejemplo de lo sagrado de la nocturnidad. En ella encuentran los amantes la danza más sublime, e incluso aquellos, quienes arrebatos a la vida, insisten en reclamar la presencia de lo amado. El árbol familiar de Álvarez se aferrará a la noche, buscando hacer vivible la ausencia. Así Trina, Chilán, Flor María, personajes evocados en sus páginas, harán posible,  la permanencia.

 “El gallo y la nube” es  la obra que más ha trascendido  de las escritas por Rafael José Álvarez.  Elaborada a principio de los sesentas y admirada por Vicente Gerbasi, el autor de dos libros capitales de la literatura universal: “Mi padre el inmigrante” y “Los espacios cálidos”, y quien vio en éste libro la belleza que sintetiza el misterio y la expresión circular que se expande sonoro en las oscuridades. Aún con este aval, Rafael José Álvarez tuvo que esperar hasta veinte años para poder ver impreso su pergamino.  Sin embargo valió la pena esperar el tiempo que unifica, porque toda trascendencia viene cuando la vasta melodía que está detrás de nosotros se manifiesta.

 Escrito de manera  clásica, específicamente en forma de soneto, lo cual no es de extrañar,  ya que para el poeta,   el atisbo y el logaritmo nos  acercaban por igual a lo primigenio y a lo no escuchado.  “El gallo y la nube” remeda a dos de los grandes  clásicos de la poesía española: Góngora y  Garcilazo, y busca a través de la rima, esa música  imperceptible  que cada uno de nosotros hemos perdido.

  A un doble infinito nos abre “El gallo y la nube”. Al infinito  de la tierra, el cual se manifiesta en las múltiples raíces   que aspiran a lo aéreo, y al del creador: en sus ilimitadas posibilidades  de darnos la imagen que capta el misterio y las revelaciones.

Una botánica oculta nos trae el florear de la tierra en una región solar, y una voz del silencio, en un diálogo constante con lo desconocido, porque más allá de las tempestades y de “las aulagas que el viento oscurece”, está la luz, la soledad, las quebradas evocadas por la memoria.

Un poema ya antológico nos manifiesta la belleza que abrumó a Gerbasi: “Una cabra sin ojos cruza el viento”. ¿No sentimos acaso el peso del tiempo y el de la muerte acechando nuestros pasos en las vastas soledades, marcando nuestro verdadero espacio? ¿No vemos acaso los espejismos que el silencio recrea en estos momentos solares? ¿No escuchamos el viento y sus canciones venir de recónditos lugares y al gallo anunciar nuevas claridades?:

  “Una cabra sin ojos cruza el viento. / Tasca la noche verde y embrionaria.  /  Desde el fondo una sombra solitaria / alarga sobre mi su filamento.  // El agua oscura sigue el movimiento / de una memoria lóbrega y precaria. / Rompe el viento su cápsula primaria, / llaga en lianas de sol su nacimiento. //Con serosos gemidos, con rizomas, / pasan gallos de azufre por las lomas / donde la muerte esconde sus pantanos.  // Arma el silencio largos espejismos / y hacia el yermo letal de los abismos / muelen dientes de lunas los veranos”.

 La crítica ve en “El gallo y la nube”,  un lenguaje que expresa una topografía concebida desde lo imaginario.   Así el mar y sus escollos deslumbrantes,  los espacios desolados y los húmedos climas, las nubes  y las cordilleras, aparecen en el texto mostrando la pasión de Álvarez por los elementos naturales,  que son en sí el sustento de un mundo de clara vocación surrealista.  Los sonetos que integran este libro, son como la voz de un eremita, quien ante el encantamiento por la luz, y a pesar del engaño de los espejismos, busca el claro que le permita: “una sombra de lluvias que se apagan”. 

 Todo es resonancia en esta poesía, porque implica el paisaje  que penetra  la   médula de nuestra sensibilidad.  Sólo estos estados oníricos del poeta, hacen posible la imagen del sueño junto al día: “Me devoran los sueños junto al día /entre violenta brisa y canes ruines”,  y la noche como música del universo: “Mientras la noche en cálidos confines /me desata su oscura sinfonía.” 

Hay un clamor de la memoria que busca, ese hilo de Ariadna que permita restituirnos a la inocencia, es decir a la condición de la flor en la luz del paraíso. Éste entendido como “la revelación del asombro” (Alfonso), el cual se da en la instantaneidad y conduce al desamparo.

 Más que un ejercicio del pensamiento, la poesía de Álvarez deviene en una necesidad del ser,  que procura un  “entronque mágico y por lo tanto primitivo” (Cirlot).  Al menos esto es lo que uno percibe en sus textos de un hermetismo inusual y delicioso.  Al menos es lo que expresa esa atmosfera de belleza que va a la luz con un dejo por lo oscuro.

 El gallo que percibe canciones aéreas es el vaso  comunicante de dos momentos del tiempo que conjugan nuestro acaecer: “Lengua alada del sol, noche que ha sido /gallo y colmena de órfico linaje”.  La oscuridad que ilumina, es la intención del lenguaje de hacerse críptico, para hacerse más sugerente: “El resplandor acude y no desmiente /la dádiva lunar, sino la llama /que descubre su dios adolescente”. 

 “Salamandra de cielo estremecido”, es un soneto total, cuyos versos se dan en sucesión de resplandores, donde lo solar es continuidad de lo onírico, lugar de las revelaciones: “Salamandra de cielo estremecido, / corazón de la lluvia en el follaje, /lengua alada de sol, noche que ha sido /gallo y colmena de órfico linaje. // Los peces de la luz, el desvaído /pájaro oscuro de inebriante viaje;  /las alforjas del sueño, enloquecido /asombro ciego en áspero plumaje, // al tiempo van en cauda y no a la muerte / que en agua astral su lámpara recama /al fin de iluminar su pozo inerte. //El resplandor acude y no desmiente /la dádiva lunar, sino la llama / que descubre su dios adolescente.”

 Una poesía de fuerte arraigo en lo ancestral y en las manifestaciones mágicas que nos revelan otros mundos y otras posibilidades de leer el devenir;  no podía eludir el tema de la muerte, tal como ya lo había advertido Gerbasi.  No olvidemos también que la obra de Álvarez se nutre, aparte de la vanguardia literaria, de las fuentes orales, es decir del imaginario colectivo de una ciudad de profunda religiosidad y heredera de antiguas creencias. 

 Como maestro de nociones recónditas, el poeta nos acerca a la muerte y sus contornos, a su ropaje íntimo, a su temible presencia, como si estuviera atisbando  “el viento nocturno donde asoma”.  Es decir nos cuenta su intimidad, su grotesca figura, el insano lugar de su morada: “Pastan sus habitantes solitarios /como bestias bajos árboles redondos”. El “nunca pensé que los muertos fueran tantos” de Dante, tiene aquí infinita resonancia.

 Así como en algunas mitologías la muerte está asociada a ciertos animales, como el  can Cerbero (guardián del mundo inferior),   y la hiena que cortó la cuerda que unía a la tierra y al cielo, por la cual ascendían los ancianos en búsqueda de la inmortalidad;  Álvarez también describe ciertos animales del sueño que intuimos la representan: “Suena a huesos la noche en los rompientes  /Ojos de lluvia salta por las rocas. /Cruzan el yermo ardido aullantes  bocas /bajo espejo de lunas persistentes.  //En débiles yerbajos crujen dientes  /de la muerte que escarba con su cola: /Muerde el abdomen de la tierra sola, remueve sus lagartos relucientes. //En la memoria suena a sed de sombra, /mas persigue su garra a quien le nombra /con ulceradas lenguas de sequía”.  Notemos la alusión del poeta a la esterilidad de la tierra cuando ella está asociada a los lugares infernales.

 Sin embargo en otros textos de “ El gallo y la nube”,  hay un tono de dulzura cuando se evoca la muerte como un tránsito. Sobre todo en algunos sonetos elegíacos que el autor dedica a algunos artistas. El arte nos salva porque es  imagen de la eternidad transfigurada en belleza y al evocar al pintor  Gilberto Martínez Chávez, nos transmite esa sensación de presencia del alma que gana el cielo, por razón de los colores: “Consultorios celestes lo detienen /en las telas de aire donde vienen /los colores de un ángel selenita” .  La muerte sería la “bienvenida espada de eternidad” (Rikiû) que los samuráis practican. 

 El fervor de Rafael José Álvarez por la lógica de lo imaginario, que más allá de la medida del texto, se manifiesta en esa degradación alquímica y algebraica de la palabra, en pos de lo indecible;  tiene en Rafael José Muñoz, escritor anzoatiguense, un sensible homólogo en el arte de lo hermético y de la musicalidad.  “El círculo de tres soles”, la obra capital de Muñoz, es un texto de una bella  metafísica de lo poético, y un ejercicio de iniciación y de entrada a otros mundos. Hay una combinatoria de la palabra que potencia la imagen y hace posible la irradiación de un nuevo lenguaje, que nos lleva a penetrar, esas  íntimas revelaciones que acerca del amor, la soledad y la muerte, el poeta tenía. En sí la angustia por nuestra brevedad: “Y es que oigo que bajan los duendes por las hojas/ del tamarindo que pesa como mi edad, y suspiro / porque no sé cuántos años tengo ahora.  //Debería trasladarme a otro época y ver /si soy inmortal……Ya está…//Exsé, Exsé, Exsé”. Hay una doble inmortalidad en ambos poetas al dejarnos páginas  de profundo acercamiento a lo divino.  Rafael José Álvarez evoca esa mirada de Muñoz, viva a pesar de la ceguera, viva en su imaginación saltarina y en su “matemática oriunda”. El brillo de una poesía aviesa, lúdica, pero sin embargo arraigada a la tierra (“Yo conozco ese canto, es el canto de la tierra  cuando florecen los cundeamores”), causaría en Álvarez  una impresión solemne sobre un espíritu que toca el olor de los abismos:

  “De salitre desgasta su ojo flavo. /Trisca en la sombra más que un solo anillo. / Avieso el viento desparrama el brillo / de un espejo sonoro que deslavo.  //Cuelga la noche de un espurio clavo /De vieja soledad corre el pestillo. /Trasluna el oro de su mal colmillo /y se acuesta a rumiar como un esclavo. //Fija la luz de la polilla. Flota /su corazón de agosto en agua rota /y en velámenes pliegos se destabla. //Ciega la nube un pájaro la enfila /y él que a una llama expone la pupila  /desde oropeles trémulos me fabla”. 

 Si bien  “El gallo y la nube” es una expresión circular del poema, donde confluyen: el mito, el lenguaje hermético, las manifestaciones oníricas, el acercamiento sagrado a la tierra y sus elementos, la cosmogonía solar, las fuentes orales de una cultura de ascendencia precolombina;  “Sagrarios” es una poesía llana, directa, en versos cuya métrica es la pausa,  y la musicalidad: el silencio.  Se ordenan esos momentos de infancia que buscan un referente en una simbología cercana a la casa, a la presencia de los  muertos familiares, y a esa necesidad íntima de diálogo con los que amamos.

 Libro de diálogos y fábulas, reminiscencias de lo que las abuelas contaban, ellas tan asidas a esa  línea imperceptible entre la realidad y los sueños,  al lenguaje de las premoniciones y a la presencia de los  bellos animales que las escuchan: “Ella recoge sus pasos / prolonga la conservación hasta sus astros /me dice: voy a cerrar las puertas /es que el viento del sur congrega a los suicidas /y en el patio queman los pensamientos del martes”. 

 Las voces de los ancestros del poeta, van configurando una mitología, que le es cara, porque está aferrada a la vida, a esos momentos en que se comparte la cena, y la palabra se hace: “canción donde arden pequeñas flores rojas”.  De allí que vayan necesariamente al pozo de las revelaciones, que no son más que los lugares de la casa donde se guarda la lluvia (“La abuela se persignaba entre las matas /guardaba la lluvia en las tinajas”), y el viento de cuaresma  que anuncia el presagio: “Pasaba la cola del diablo /y temblaban los tamarindos /y prorrumpían en marías clarísimas /las bocas más antiguas”.

 Una hermosa particularidad de los textos de “Sagrarios”, es que parecen entrañar un sueño de la creación que nos hace partícipes de una realidad más pura: “Hubo una vez un charco /que reflejó a noviembre //Qué ocurrencia //Estaba yo asustado /y veía los zapatos de Eleonor /como grandes ratones //Entonces vino una nube /y mi hermano le dio un palo a la lluvia / y comenzaron /a desparramarse /los relámpagos”. Aquí la poesía tienen el eco de la leyenda y el texto anuncia el nacimiento de los relámpagos.

 La casa será el gran tema de la poesía en “Sagrarios”,  la casa nuestra primera geometría y el  lugar inicial de nuestros asombros.  Aquella que al principio es un dios sin nombre, al que nos acercamos inseguros, pero que con el tiempo se convierte en un pálpito inseparable a  nuestro ser.  En Rafael José Álvarez la casa es una ciudad naciendo en la ciudad: “Yo encontraba un poco extraña la de la /retreta, la de la escuela. No era mía la /de una gente que no se conversaba en /la casa, Porque había muchas /ciudades en la ciudad misma”.  Es decir la casa deja de ser el espacio inicial de sus contornos, y se va abriendo a la red de calles que la circundan, a la vegetación que acoge la brisa que la enamora, y más importante aún, a la palabra y su universo en la voz del poeta.   Por eso es que cada una de ellas va escogiendo sus plazas, sus regiones solares y a los pobladores que habiten su misterio: “Era ella /repartida en voces, en gestos, en un paraván, en un aguamanil, que eran /cosas distintas para cada casa.  Por ejemplo,  yo veía mi fiebre en el reloj /grande de pendular muy lento que se /me venía encima cuando yo estaba delirando”. Rafael José Álvarez invoca aquella afín a su tristeza, aquella que se hace sagrada  en la soledad de la memoria: “Yo decía pues que mi ciudad no era la /de la escuela: esa era una ciudad de la que no quiero acordarme. A mi vuelve /la otra, la de mi casa,  /la que la gente /vacía por semana santa. Entonces yo /voy y me apropio de sus calles. Ciertamente son mías las calles solitarias de /la ciudad sagrada”. La casa es la fiebre, la lluvia, los eucaliptos, los muros, el ruido de las llaves,  la soledad de las calles amadas.

 Ya Rafael José Álvarez advertía la necesidad de la casa donde se conversa, y de alguna manera la presencia de los muertos es una conversación en lejanía.  Es decir  una conversación dada a través de las miradas y de los ruidos sobre las maderas.  En sí a través de un llamado de atención, porque están lejos de las claridades.  Por eso hacen ruido, espantan las aves domésticas, viven de las metamorfosis, muerden la oscuridad y hacen del viento un instrumento del canto para las presencias.  El silencio del gallo es cómplice de esta maravilla: “cae una hora /y otra //están goteando /las horas /como cerezas /en la  pila  //y en el solar /prolija pupila de un gallo torpe /que muerde /mi paciencia //son ellos /regresan a los eucaliptos /su memoria anegando la casa //Están sonando”.  En Rafael José Álvarez la memoria vence a la muerte.

 El poema “El vidente” de “Sagrarios” es tal vez uno de los más bellos: “Y olisqueaba en la sombra / / Un gesto /de viejas /esencias /aleteaba/en la casa //Prefería un color ámbar /para la rememoración //Despedía fascinaciones /humedecía los árboles /con el sueño de los adolescentes /desgastaba /la memoria /entre grandes hormigas /voraces //Reconocía /los días /sin uso en las hojas brillantes /del almendro //Sentía fuera de marzo  /el desprendimiento /de los pájaros //Y hurgaba en los sentidos /extraía brillos imprecisos /un sostenido giro //Un día habló de los espejos /y por la noche /alternaba /con un pequeño /demonio”.

 Los poetas siempre han sentido fascinación por los estados mágicos de la existencia. Es por esto que fueron apartados de la república ideal soñada por Platón.  Si el vidente de Arthur Rimbaud no es de este mundo (“soy yo en el otro” se atrevería a decirnos para desconcertarnos), y si el poeta a través del desarreglo de los sentidos, de manera premeditada e incluso teleológica, cede al otro las directrices creadoras del espíritu, porque solamente convirtiéndose en un medio dócil, que niega los valores  del arte e incluso los morales de la vida misma, permite al otro que ve, la visión de lo inaudito, para  que nos regale un “absoluto hecho de fragmentos, de iluminaciones y vacíos, una fiesta de imágenes naciendo de la nada” (Vitier), es decir para que la imagen poética sea captada, sin manchas dadas por las sensaciones y las reminiscencias.  Es como  irónicamente lo expresara Platón del hombre perfectamente justo: “es capaz de ver lo que es, no por reflejo en las aguas o por fantasmas de él en algún otro medio ajeno a él, sino en por sí mismo y en su propio lugar”.

 El vidente de Rafael José Álvarez es obviamente sensitivo (“Olisquea en la sombra”), se mueve en la voluptuosidad a la que incitan  los perfumes, y principalmente busca a través de los colores el recuerdo más puro. Es aprehensible por la fascinación de su presencia y a través de lo onírico también va a la imagen poética, lee la no existencia iluminada por un dios.  El vidente de  Arthur Rimbaud inventa el color de las vocales: “A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde “, y el de Rafael José Álvarez extrae brillos de los sentidos.  Ambos, a su manera, son infernales.

 En “Oikos”,  Rafael José Álvarez, retoma un hermetismo más austero.  “Oikos” significa: el oscuro cuerpo de la casa;  la cual ya no es vista como un trozo de tierra deseoso de cielo, sino como el lugar de los objetos que viven su intimidad más refulgente. Lenguaje de las reminiscencias, que hacen que emane de los muebles, los estantes y el macizo de flores nocturnas, las extrañas presencias.

 En la obra de Rafael José Álvarez, siempre hay voces que crean una atmosfera de misterio. Estas son llamadas “Efímeros” en el libro que estamos comentando.  Darío Medina  las llamará: “otras realidades que, aunque transparentes, se definen paralelas a la nuestra”.  Son los otros seres que habitan la casa: “Se han recluido en los papeles, allí se inician  en la preparación /de los insomnios //están en las palabras /con el tranquilo desenfado /de los animales domésticos”.

 Sólo la lucidez de un escritor como Álvarez, puede revelarnos con tanta nitidez, otras existencias, cuyo lenguaje es el de la noche y el canto el de la lluvia. Sigue siendo esta una poesía de la nocturnidad, porque están siempre presente  los sueños: “Ellos oscurecieron los muros con largas /despedidas de invierno /ahora entregan su conversación a los muebles, /levitan sus frentes separadas y esquivas, /reclinan sus confidencias del lado de los sueños”.  El micro espacio sensible que tanto le fascinaba  (es decir la infinitud que tanta incertidumbre causa aún a la ciencia), la captura del detalle en un instante sagrado en donde apenas son  perceptibles las otras presencias (“Sus guiños /-ligeros destellos de los muebles- /mueren en nosotros”)  y nuestra precariedad de estar en lo finito por nuestra condición humana (“La finitud es tarda /para evocar ventanas /que miran todo el año /hacia las piedra y los árboles”), son evocaciones permanentes en las líneas de esta poesía. La mirada  busca en el caballito del diablo, ese luminiscente azul, que por motivos geométricos, hacen que lleguen a nosotros,  las otras presencias: “Zumbaba el caballito del diablo /en un luminiscente azul revelados  /por ellos que miraban fijos /su ardentía en los jazmines de arabia”.  Es decir hay un escepticismo en el poeta, por las aprehensiones vitales de la casa, la cual se reduce solo al espacio y a las demoliciones posibles en su devenir.  Las esencias que de ella dimanan, solo son reveladas en nuestras ausencias, “Mas toda señal de inexistencia / será su aparición”, nos dirá bellamente Álvarez. Al final los efímeros serán toda la casa, sus palpitaciones, sus murmullos, los cálices del patio, los espejos redondos y las lámparas, es decir los medios por los cuales nos hacen llegar los ecos del mundo.  

 Finalmente, “Trina y sus memorias”, sería el último libro en versos que publicara antes de su muerte.  Libro como toda su obra de reminiscencias y ecos que inundan la casa como lugar del ser.  Aquí “Trina” (que así se llamaba su bisabuela), es el tótem del que Rafael José Álvarez siempre hablaría, y más importante aún con el que concluiría su prístina obra poética. Libro homenaje a las mujeres tan cercanas a su imaginario como él mismo lo expresaría: “Esta escritura intenta un desagravio para ellas. Para su resurrección…y la mía”.  Es decir acudimos a un nuevo nacimiento.  La palabra entonces será una conversación bajo la lluvia, y una melancolía por los espacios perdidos que evoca la memoria: “Temores no hubo  /ni vacilaciones a la hora de viajar. /Sólo que cambió su travesía /por un corral de gallinas en San Pablo, /un trozo de monte iluminado /por el temblor de las perdices /y el aire secreto de saberse /muerta desde entonces”. Si bien “Trina” es el tótem, “Flor María” (la madre del poeta), es la mediación. Los muertos familiares (esos que para adentro, el tabaco de su abuela alumbraba), van entretejiendo una comunicación necesaria (ellos que vienen de la lejanía), con los que aún viven esperando las  horas del advenimiento: “Mi madre entonces le ordenará las sábanas, /le traerá café, limpiará sus anteojos /y le dirá quien toca con nudillos extraños”.

  La resurrección la dan las conversaciones que ocurren en un tiempo escindido en la memoria, y la presencia de los olores que inundan la casa (“Su linimento anega lo que tengo por sagrado /cuando la casa es toda grillos /toda hojas”) y sobre todo la eternidad del poema que quiere rescatar de lo que palpa, lo más luminoso, lo indecible de las revelaciones: “En lo indecible está su lámpara, /su persignación”. 

 Tal vez a esta hora, “Trina” y Rafael José Álvarez,  estén en la misma línea oscura del sol.

Referencias

Álvarez, Rafael José:

  • “El Gallo y la Nube”. Contraloría del Estado Falcón, 1978.

-“Sagrarios”. El Cocuyo de Papel. Maracaibo. 1978.

-“Oikos”. Coordinación del Estado Falcón. 1986.

-“Trina y Otras Memorias”. Ediciones Poesía Venezolana. Valencia, 2001.

Bachelard, Gastón:
“La Poética del Espacio”. Fondo de Cultura Económica (Breviarios). México, 2000.

Murdoch, Iris:
“EL Fuego y el Sol”. Fondo de Cultura Económica (Breviarios). México. 1982.

POEMAS SELECTOS

DE GALLO Y NUBE FOSFORECE EL DÍA

De gallo y nube fosforece el día
hacia un silencio de húmedos tejidos
rama de tempestad, fondos crecidos
en la luz donde un ángel se extravía.

Ala de encantamiento el tiempo hacía
derramar por los aires los sentidos.
Sobre el limo temblaban desprendidos
como aulagas que el viento oscurecía.

Ahora la soledad suelta sus cabras
al borde de este día por las abras
De oscuros meces que los sueños llagan.

Anda por las quebradas y se queda,
y en sus ramajes la memoria enreda
una sombra de lluvias que se apagan.

TRINIDAD
A la memoria de Chilán

Buenos noches
Trinidad

la de la arboleda al fondo

la de la lumbre
en el zaguán

la que enciende
sus cartas
y las arroja a las granadas.

La del solar que vuelve
con sus gallos,
con esa ropa blanca
que dormita en el terral

la que viene a sentarse en el pretil

la que le arranca
quejidos a los perros

la que se pone a bordar.

Buenos noches
Trinidad.

PRESAGIOS

Mi hermano acerca un tiempo
de bellas lagartijas
saliendo
del osario.

El espera su llama,
su hoja reluciente,
su pequeño animal triste
posado en el alambre.
Cuando suenan los cereales
él arroja pedruscos al estanque.
Entonces hace un viento leve:
mi madre mira hacia el tejado.

A veces la sequedad lo aguarda
y el se sienta
como si hubiera recuperado
sus andanzas.

Nos oye.
Insinúa ramajes en reposo
donde esquivo
sucede
a una llovizna.

VISITACIÓN

Los que se dicen muertos
Cubren toda la casa
Con la vibración
de las cigarras.

Se acuerdan de nosotros
según el árbol
que los celebra
en la opaca mañana.

Ellos han vuelto
de puerta en puerta
como un resplandor viejo,
como una llovizna
de vestiduras olvidadas.

Ellos interrumpieron la ceremonia
del viento en el caujaro,
instalan sus animales
en la lengua de los ebrios,
en los oscuros ramajes.

Los que se dicen muertos
tocan furtivamente
la cuerda de un pájaro:
ésa que se extiende en el patio
donde madre y hermanas
hablan a las sábanas.

DIÁLOGOS Y FÁBULA

Hay una canción que sostiene los días
un alto sueño donde se rompen los ángeles
allí la abuela moja sus monólogos.

Me lleva a un extinto séquito de reyes:
los naipes sobre las maderas
un espacio de aulagas ilumina el caballo
jinetes medievales recorren una hora imprecisa.

Ella recoge sus pasos
prolonga la conversación hasta los astros
me dice: voy a cerrarlas puertas
es que el viento del sur congrega a los suicidas
y en el patio quema los pensamientos del martes.

Esta noche habla de bellos animales
duerme en el fondo de una fábula
me dice.

-hay una canción donde arden pequeñas flores rojas.

XVIII

La desaparición consiste
en una manera de encontrarse
bajo las vigas,
entre algunas botellas de ámbar
expuestas a una lámpara
que estuvo
en la memoria de Rembrant.

Duele ese paraje
y algunos rostros que habíamos soñado
en tiempo de Melchor,
ebrio con su pierna de palo
en un recodo impreciso
del invierno.

Han meditado largamente
como dispuestos de un modo
de sentirse maderas podridas
en los muelles
y estar en la insistencia
de las lluvias
contra esos barcos que zarpan
desde el año de Tebas

cierto que las sílabas se avienen
a esa conversación donde orín
y la termitas han hecho estragos.
Ahora son tristes ranuras
y hojas muertas hacia el agua
oscurecida de las piedras.

DISTANTE

La vi caminar hacia unos alfabetos
cercados de gramíneas.
Justo allí mis hermanos sollozaban.
A distancia
el movimiento de sus labios
comenzaba a llover
sobre unos meses tristes.
Lo que dijo ilumina una mesa discreta,
perturba el ocio de las moscas.
Pero sé que me siente
desde un ramaje oculto.
Hoy consulto un ladrido en los zaguanes.
Lo que dijo toca las latas
apiladas en el fondo.
Una perdiz cae en lo que hablábamos ayer.

ELFO
A Rafa y Jannella

Siempre sentí los huesos de la liebre,
el brillo del estanque
bajo esta gravitación que soy
de viento y agua.
Oculto en mi reposo
me he vuelto movimiento de perdices
para cierto elfo que enciende
su casa debajo de las piedras.


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